
Ecos de la Biblia
Episodio 1 — Génesis: Cuando el mundo comenzó.
Hace miles de años, mucho antes de que existieran las grandes ciudades que hoy conocemos, los seres humanos ya intentaban responder a una de las preguntas más importantes de todos los tiempos: ¿cómo comenzó el mundo?
En las tierras situadas entre el Tigris y el Éufrates surgieron algunas de las primeras grandes civilizaciones de la humanidad. Allí aparecieron ciudades como Ur, Uruk y, siglos después, Babilonia y Nínive. Sus habitantes cultivaban los campos, comerciaban, construían templos y observaban cuidadosamente el cielo porque de los movimientos del sol, la luna y las estrellas dependían muchas de sus actividades.
La vida en aquella región estaba profundamente relacionada con los grandes ríos. El Tigris y el Éufrates proporcionaban agua para los cultivos, pero también podían provocar inundaciones capaces de destruir campos y viviendas. Para aquellos pueblos, la naturaleza era poderosa, imprevisible y difícil de controlar. Por eso no resulta extraño que sus relatos sobre el origen del mundo estuvieran llenos de dioses relacionados con las fuerzas de la naturaleza.
Algunas de aquellas historias hablaban de enfrentamientos entre divinidades y de un universo que surgía del caos. Una de las más conocidas es el Enuma Elish, un relato babilónico conservado en tablillas de arcilla que describe el origen del mundo a partir de un conflicto entre dioses.
El Génesis aparece dentro de ese mismo antiguo mundo cultural, pero presenta una visión completamente diferente. En lugar de comenzar con una lucha entre divinidades, comienza con una afirmación sencilla: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.
La diferencia es importante. Para el relato bíblico, el universo no nace de una batalla entre fuerzas divinas. Existe un solo Creador, y la creación comienza cuando Dios habla. “Sea la luz”, dice el Génesis, y la luz aparece. Después vienen las aguas, la tierra seca, la vegetación, los animales y finalmente el ser humano.
Para nosotros puede resultar familiar, pero para una persona del mundo antiguo la afirmación tenía implicaciones sorprendentes. El sol no era un dios. La luna no era una diosa. Las estrellas tampoco eran divinidades que gobernaban el destino de los hombres. Todo aquello que otras culturas podían considerar objeto de culto aparece en el Génesis simplemente como parte de la creación.
Después de describir los cielos y la tierra, el relato concentra su atención en el ser humano. El Génesis dice que Dios formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en él aliento de vida. La imagen tenía un significado muy cercano para las personas de aquella época. Las casas se construían con barro y adobe, las vasijas se fabricaban con arcilla y los ladrillos se secaban al sol. El hombre sabía perfectamente que su cuerpo era frágil y que, después de la muerte, volvería al polvo.
Sin embargo, el relato introduce una idea que eleva al ser humano por encima de esa fragilidad: ha sido creado a imagen de Dios. En el mundo antiguo, las imágenes de los reyes podían representar su autoridad en diferentes lugares de sus territorios. El Génesis utiliza una idea mucho más amplia, porque no reserva esa dignidad para un monarca o una élite. Presenta al ser humano como portador de la imagen de Dios.
Después aparece el Edén.
El nombre está asociado tradicionalmente con la idea de deleite o abundancia, y el escenario descrito en Génesis tiene mucho sentido dentro del contexto del antiguo Oriente Próximo. Para quienes vivían en regiones donde grandes extensiones de tierra eran áridas, un lugar lleno de agua, árboles y alimento representaba algo extraordinariamente valioso.
Los grandes gobernantes del mundo antiguo también construyeron jardines rodeados de muros y alimentados mediante sistemas de irrigación. Eran lugares de descanso y abundancia, pero también símbolos de poder. Un jardín bien regado en medio de una tierra seca demostraba que su propietario tenía los recursos necesarios para dominar el agua y mantener la vida.
El Edén representa algo mucho mayor. Allí el ser humano tiene alimento, agua, trabajo y, sobre todo, una relación directa con su Creador. El Génesis describe un mundo en el que todavía no aparecen la vergüenza, el miedo ni la muerte como experiencias humanas.
Pero esa situación cambia con la llegada de la serpiente.
En las culturas antiguas, las serpientes tenían significados muy variados. Podían relacionarse con la fertilidad, la vida, la sabiduría o determinados poderes sobrenaturales, aunque también eran animales peligrosos y misteriosos. En el relato del Génesis, la serpiente aparece como la criatura que introduce la duda.
Su estrategia resulta llamativa porque no comienza utilizando la fuerza. Comienza haciendo una pregunta: “¿Conque Dios os ha dicho…?”
La tentación comienza así, con una duda sobre la palabra de Dios. La mujer escucha, observa el fruto y finalmente decide tomarlo. El hombre también come, y las consecuencias aparecen inmediatamente. Por primera vez sienten vergüenza y se esconden.
Hasta ese momento habían vivido en la presencia de Dios sin necesidad de ocultarse. Ahora intentan cubrirse y esconderse, y esa transformación marca uno de los temas que acompañarán a toda la historia bíblica: la ruptura de la relación entre Dios y el ser humano.
El relato continúa describiendo las consecuencias de aquella decisión. El trabajo se vuelve más difícil, la tierra deja de producir con la misma facilidad y el dolor entra en la experiencia humana. Finalmente, Adán y Eva abandonan el jardín.
Y aquí encontramos algo importante. El Génesis no presenta la salida del Edén como el final de la relación entre Dios y la humanidad. Al contrario, fuera del jardín comienza una nueva etapa de la historia.
Adán y Eva tendrán hijos, y uno de ellos será Caín. Otro será Abel. La humanidad comenzará a multiplicarse, pero también aparecerán nuevos conflictos. La violencia crecerá y la historia que comenzó en un jardín continuará desarrollándose a través de familias, generaciones y pueblos.
Por eso el Génesis es mucho más que un relato sobre el origen del universo. Es también una explicación sobre la condición humana. Habla de nuestra relación con la creación, de nuestra necesidad de Dios, de la libertad, de la responsabilidad y de las consecuencias de nuestras decisiones.
Y hay un detalle especialmente interesante: el relato no termina con la humanidad destruida ni abandonada. Después de la caída, la historia continúa. Dios sigue hablando con el ser humano, sigue actuando y sigue formando parte de la historia.
Desde ese momento comenzará un largo recorrido.
La humanidad conocerá la violencia y el diluvio. Aparecerán Babel y las primeras grandes ciudades. Un hombre llamado Abraham recibirá una promesa que cambiará la historia de su familia. Sus descendientes llegarán a Egipto, conocerán la esclavitud y serán liberados bajo el liderazgo de Moisés. Después vendrán jueces, reyes, profetas, guerras, exilios y restauraciones.
Muchos siglos después, en esa misma tierra del antiguo Oriente Próximo, aparecerá Jesús de Nazaret.
Pero todo eso todavía está por suceder.
Por ahora estamos solamente al principio.
Antes de Abraham.
Antes de Moisés.
Antes de David.
Antes de Jerusalén.
Antes de los profetas.
Antes de Israel como nación.
El Génesis nos lleva hasta un mundo en sus primeros momentos y nos presenta a un Dios que crea, ordena y da vida, y a un ser humano que recibe una libertad capaz de cambiar toda la historia.
Quizá por eso estas antiguas palabras siguen teniendo tanta fuerza.
Porque la pregunta del Génesis no es solamente qué ocurrió al principio del universo. También pregunta qué significa ser humano, por qué existe el mal, de dónde procede nuestro deseo de controlar nuestra propia vida y qué ocurre cuando decidimos alejarnos de Dios.
La historia comienza con un mundo creado en orden y termina, por ahora, con un hombre y una mujer abandonando un jardín.
Pero esa salida no es el final.
Es solamente el comienzo de una historia mucho más grande.
Una historia de caída y esperanza, de pecado y promesa, de pueblos y generaciones, que llevará a la Biblia desde las primeras páginas del Génesis hasta la última visión del Apocalipsis.
Y todo comenzó con una frase:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.


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